Escorados en el río

Viento de frente
sacude el oleaje
Vida de río

Desde mi adolescencia aprendí a disfrutar de un deporte: el yachting. Mi amigo Julio se “recibió” de Timonel (la categoría básica) a los 16 y en los últimos años del colegio era frecuente irnos hasta el club para pedir prestado un velero.
Siempre me insistió para que yo hiciera el curso, pero siempre preferí disfrutar del paseo que dirigirlo.
Como es inevitable, con el tiempo fui aprendiendo un montón de cosas. Siempre le decía a mi amigo que me debía enseñar lo imprescindible por si a él le ocurría algo durante el trayecto. Es que en el velero los tiempos son otros, ya que en gran medida dependen del viento.
Por caso, ir hasta Colonia del Sacramento lleva unas seis horas. A Montevideo, un día entero (aunque experimenté el viaje en 20 horas con lluvia y grandes vientos) o a Punta del Este se puede tardar unas 44.
Hace ya 10 años, Julio se compró el barco que aún hoy conserva: se llama Sotreta. Recuerdo que era un día gris de marzo/abril cuando fuimos a buscarlo y ambos estábamos nerviosos porque estábamos por primera vez en un barco “de verdad”.
El ahora “Piloto” del barco le agarró la mano enseguida y el amigo acompañante disfrutó siempre de los viajes. Hacía cuatro años que no me subía al Sotreta, entre otras cosas, porque el último año estuvo en reparaciones.
Gracias a esta experiencia que me ha regalado la vida he aprendido que: el barco te ayuda a fortalecer el carácter, saca el líder que hay dentro tuyo y te obliga a resolver cosas en cuestión de segundos.
Si estás leyendo esto y vos también tenés un amigo que tiene un velero pero nunca te animaste a ir, andá, es una experiencia única a la que le vas a sacar un gran provecho en otros ámbitos.

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