Reflexiones de una jornada electoral
Hoy no habrán 17 sílabas para contextualizar este artículo, sino que habrá una reflexión sobre la jornada electoral que vivimos los argentinos el último domingo 28 de octubre.
No parece casualidad que las desprolijidades hayan estado a la orden del día. Muchas voces habían advertido posibilidad de fraude electoral con antelación pero nadie había sido capaz de visualizar cómo se consumaría esa maniobra.

La demora de la entrega de telegramas para las Autoridades de Mesa fue el primer indicio de que existía un plan adrede para asegurar el triunfo. Con la ayuda de los medios periodísticos oficiales (y los “comprados” a último momento) se sembraron dos semillas: que había apatía en el electorado y que eso generaba, también, rechazo a participar como Autoridad de Mesa (sobre todo en la Capital y el Conurbano).
La respuesta a eso fue contundente: el mismo día que se habló del “rechazo” de los ciudadanos a los telegramas, 400 personas se presentaron espontáneamente para participar como autoridades de mesa en las elecciones; y la apatía tampoco quedó demostrada, ya que se cumplieron los niveles de participación (75%) que se venían dando en otras elecciones.
La jornada del domingo comenzó a delinearse con este plan maquiavélico: las escuelas tardaron entre una y dos horas en abrir, y con la promoción mediática acerca de que los primeros en votar quedarían afectados a la elección, la ciudadanía retrasó su concurrencia a las urnas.
A eso se le sumó, el corte de boleta, que dominó el escenario electoral y luego la desaparición de boletas opositoras -principalmente de la Coalición Cívica- que provocaron frases tan irrisoriamente impunes como “si no está la boleta que quiere, vote en blanco o con lo que hay”. Eso provocó que muchos ciudadanos -sin distinción de clase ni instrucción- votaran por otro candidato del que tenía previsto, ya que nadie estaba preparado para esta maniobra pergeñada.
Las quejas en las radios eran constantes, y hasta un fiscal que twitteaba desde su mesa recibía informes de distintos puntos del país con las mismas acusaciones.
Con la soberbia de saberse ganadores fraudulentos, la candidata araña se proclamó ganadora con el 10% de las mesas escrutadas, desmanteló el escenario y se fue.
La impotencia de muchos ciudadanos por haber sido partícipes involuntarios de una maniobra espuria colmó los ánimos.
La ahora presidenta electa araña consiguió el triunfo gracias al gran tejido que lanzó durante meses para cazar a sus moscas, pero no supo advertir que las arañas cazan a sus moscas de a una, porque en el fondo, sus redes no tienen soporte para aguantar tanto peso.
La presidenta araña ya es prisionera de todo lo que ejecutó el gobierno de su marido, es por eso que no tendrá su “luna de miel” y bien lo sabe. Esto quedó reflejado el mismo momento en el que anunció su victoria: no había sonrisas, no había felicidad, sabe que ese 44% es ficticio, de origen espurio, y que no le será fácil gobernar a partir del 10 de diciembre.
Pero también el pueblo, con su voto, la hizo prisionera. Esa tela que construyó con ambición, con orgullo y con poder junto a su marido va a tener que liberar peso para que no sea la misma araña la que se caiga desde su puesto de privilegio.